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En Moray, las terrazas circulares descienden de forma precisa hacia la tierra. Aunque su función exacta no se conoce del todo, se cree que fue un centro de experimentación agrícola, adaptado al paisaje con notable conocimiento del entorno.

Muy cerca, las salineras de Maras reflejan tonos de blanco y dorado. Siguen siendo trabajadas a mano, como desde hace generaciones, en un oficio que permanece vigente. Finalmente, en Ollantaytambo, las calles de piedra y las terrazas incas conservan la estructura y el pulso de un pueblo con historia viva.

Considera aproximadamente seis horas para vivir esta experiencia.